lunes, 27 de enero de 2014

Panta rei














Dos poemas de José Emilio Pacheco

A quien pueda interesar

Que otros hagan aún
    el gran poema
los libros unitarios
    las rotundas
obras que sean espejo
    de armonía

A mí sólo me importa
    el testimonio
del momento que pasa
    las palabras
que dicta en su fluir
    el tiempo en vuelo

La poesía que busco
    es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida

Fluir 

Corre bajo los puentes. 
No regresa. 

Su vuelo horizontal 
Arrasa el tiempo. 

Para nosotros 
Esa eterna huida 
Lo dice todo. 

El agua no lo sabe 
Y no le importa. 

Se limita a fluir 
Y a despedirse. 

         *

viernes, 17 de enero de 2014

Zozobras










Atisbo irremediable

A solas decaer,
irse dejando la consciencia en cada
manotazo hacia el sol.

El día de mañana es hoy. Debimos
estibar bien la carga,
no fiarnos del temporal. Nos pudo
el instante en las manos
(temple, valor, coraje).

¡Oh, sí, qué iguales mienten las palabras!

La esperanza no fue
más que un guiño fatal a la desidia.
Pudimos decidir
otros rumbos sin darnos de costado
con tanta sombra. Ya
hace un siglo que los demás se fueron
a pique. Este chaleco
lleva otro nombre. Estoy desnudo. Enciendo
la última bengala.
No distingo su rojo de mi azul.

¡Oh, no, qué iguales mienten los colores!

Sólo veo este frío;
sólo este blanco, este negro frío
puedo sentir. No hay más.

Acaso recaer
en la sobrevivencia.

                                                   Lo peor
no es ser a solas sino que haya tiempo
para ponerse a remedar naufragios.

("Diván de atisbos y contemplaciones". Granada, 2001)

sábado, 4 de enero de 2014

Pathos










Contemplación en la ciudad enferma

No es raro el día en que la lírica
ha de salir por piernas de mi vida, dejarse
hasta el vaso de vino, hasta este cuerpo
sin apurar. Es como si le hubiese
llegado el telegrama
que se envió a sí misma hace mil noches
(mil noches que hacen una
sola y urgente noche,
cuando descubre su noticia:
“La ciudad está enferma”). Saltan todas
las alarmas. Sus ojos
se hacen sentir en el estómago.
No se peina. Por la ventana
quiero decirle algo: que a dónde va,
que no son horas, o que -al menos-
se arregle un poco, y que no coja el coche.
Lo de siempre... Lo raro sería que la lírica 
no inventase coartadas como ésta,
ni aparentara que se juega el tipo
por mi vida, o que -después de todo-
bajase a las esquinas con su náusea
para no ponerme el corazón perdido,
y respirase hondo, y anunciara
de qué ha enfermado el mundo.

("Diván de atisbos y contemplaciones". Granada, 2001)