jueves, 7 de agosto de 2014

A propósito del prestigio de los prestidigitadores

Florero Chapapote, de Curro Claret

Hoy me he dado de bruces con esta sentencia tan burda como inexacta: "El prestigio de un premio no le es conferido por su importe económico, sino por su continuidad en el tiempo". A menudo, me topo con vacuidades semejantes, hasta más devotamente ruines. Y me pregunto si este oficio de paciencia se merece testimonios así, por mucho o poco pecunio y antigüedad que puedan mediar en el asunto. Y me entristezco, sí, no por esta pregunta retórica, sino porque hay quienes hacen del prestigio un viejo buque que lo pone todo perdido de chapapote. Y es que no siempre es elogiable ni respetable la tradición. Ni es el prestigio una cuestión de tiempo o de dinero. No solamente una cuestión de ambas magnitudes. Por eso, cuando leo frases así, me doy cuenta de que, a veces, la tradición no es más que persistencia en el error. O el error mismo.

sábado, 2 de agosto de 2014

Recados para Palestina

¿Adónde iremos después de las últimas fronteras?
Mahmud Darwish

De las décadas salobres me echaron. De lo que no 
pudieron es del aire.  
 Gonzalo Rojas


GUÁRDATE de las epopeyas
como de la piel de los tigres,
la taxidermia de la Historia,
los cuentos de nunca acabar,
los días D y las horas H.
Y de los museos de cera,
las canciones muy pegadizas
y el valor añadido a algo
(a un poema enumerativo:
este, por ejemplo), también.


AHORA que ves la mesa en llamas,
rebosar polvo la bañera,
la veladura gris del humo
amortajando los retratos
y, crin al viento, las cortinas
en las ventanas ya sin muro,
en este muro ya sin casa,
en esta casa ya sin vida,
en esta vida y sus escombros:
levántate; no ha sido un sueño.


LLORA con la mujer que te ama,
la que es tus ojos y tus uñas,
la que se está arañando el rostro.
¿Te he dicho que tengo dos hijos?
¿Que amo además a una mujer
que tiene, como yo, dos hijos?
¿Que esa mujer ama a este hombre
que no recuerda haberte dicho
que tiene –tú también tuviste-
dos hijos, como tu mujer?


HÁBLALE claro a la esperanza.
Di que estás harto de sentir
la parihuela entre las manos,
de llevar sombras en volandas,
siempre a la altura de los ojos
de una angustiada multitud.
Así no es vida el paraíso.
¿Se necesita una escalera?
¿Cuándo es abajo y dónde arriba?
¿Quién, esta noche, amasa el pan?


VEN cuando quieras a mi boca
(como si un aire transparente,
como si un pan recién salido
del bruno fuego de la noche,
como si un canto sin palabras
o una palabra al fin desnuda,
como si un dedo reclamando
silencio a todos los ausentes,
hoy en mi boca, aquí en mi boca)
como si fueras esa voz. 

Ateneo Cultural 1º de Mayo. Madrid, 2009