viernes, 20 de marzo de 2015

lunes, 9 de marzo de 2015

Elegía & elogio del horizonte














La sal del horizonte -contra los acantilados del límite
o abrazada a la orilla donde transbordan la distancias
las distintas materias de su bagaje idéntico-
hizo que el mar partiera con sed hacia el instante
de recibir un sueño su transfusión de estrellas.

Tal vez fue siempre así, o sólo así es como lo recuerdo:
olas contiguas a olas contiguas a otras solas olas;
y este olor a oleaje, este irredento olor 
que permanece y es la substancia y su ausencia,
la inequívoca seña de mis deambulaciones.

Y ahora este cielo a pique en su añilado abismo itinerante;
ahora este polizón que burbujea en la memoria
dándose un aire a mí, mientras espero el silbo
de las vulneraciones y el ademán recóndito
con que lunas y olas reanudan el viaje.

Nómada imaginario, mi corazón -en pos de mis asuntos-
cuenta estrellas y sílabas, mide el silencio de la luz.
Y no es tarde ni en vano soñar y ser aquí,
vislumbrar y decir el fulgor y el estrépito,
el naufragio y el frío, la intemperie y las vértebras.

Y aunque aquí sea aún el infundado adverbio de lugar
donde la vida -el pasado continuo de la vida- 
proyecta sus mareas: avanza con su sed,
sedienta retrocede; de aquí, a cada instante,
los noctámbulos ferris zarpan hacia utopías.

Cuando se tiene por delante una noche, hay aquella esperanza
de conversar con islas, de ser -en la ligera tierra-
quien ve la voz del viento. Y hay también la angustia
que esta fábula inflige a los ciegos vigías
que, en las más altas horas, escuchan el paisaje.

Nada hay más fantástico que esos trayectos de la realidad
donde -sin rotación ni translación- se siente el mundo:
su inercia, a toda máquina; su sombra, a toda luz.

Como esas singladuras sed adentro. Sí, así.
Así, igual que un río en la proa de un barco ebrio.
Como se siente el mundo. 
                                                  También así, la vida.

("Fluencia & despedida". Málaga, 2013)