sábado, 31 de octubre de 2015

Las simples cosas












https://www.youtube.com/watch?v=Potimp3kSuM

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas.
Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.

Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía,
donde encontrarás con el pan al sol la mesa tendida.
Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.

"Canción de las simples cosas" (Letra: Armando Tejada Gómez. Música: César Isella)

lunes, 26 de octubre de 2015

Quid pro quo













Mamoneos poéticos

¡Qué de dantes pedantescos
en las salas de lactancia!

¿De jactancia?

De ir a dar de mamar.
A mamar.


lunes, 12 de octubre de 2015

Talleres literarios













Sabes que soy reacio
a gregarios dispendios,
que no sabría decir
“voy contigo al taller” sin esbozar
ese rictus malevo
que tanto te disgusta.

No, si tienes razón:
la expresión es fetén
y está documentada;
pero no me resisto a sonreír
pensando que han pinchado cuatro esdrújulas
en un mismo poema,
o que a la metonimia
le hace falta una buena puesta a punto.

"El que cuenta las sílabas". Ed. Denes. 2008

miércoles, 7 de octubre de 2015

"La vida me aclaró los libros"



Solamente quien es capaz de lo peor puede ser autor de lo mejor. Y lo peor no está en un extremo ni lo mejor es lo perfecto. Y es precisamente ese rasgo indefinido, esa escora, esa expectante búsqueda, esa herida no acabada de cauterizar, lo que mejora y humaniza los textos. Y también la vida; aunque, como a Adriano (o Marguerite), a posteriori, la vida nos aclare los libros.

viernes, 2 de octubre de 2015

Lecciones, las justas















Cualquiera, en un histriónico arrebato de dignidad o autoridad, ¡vaya usted a saber cuál fuera la carencia o el complejo!, en vez de intentar salvarla o vadearla, ha zanjado alguna vez la brecha de la interlocución, que ya era un manifiesto abismo racional, incluso meramente lingüístico (valgan todas las redundancias, sea cual sea su calado), con la tan consabida como limitante expresión: "Lecciones, las justas". Cada vez que la escucho, que, en el contexto de la política y de sus manoseos y mamoneos teleabusivos,  es a diario, pienso que semejante frase, por prepotente, taxativa y burda, forzosamente ha de proceder de un manual de preparación rápida para el escaqueo de responsabilidades, no de un libro de texto revisado y aprobado por doctas y excelentes dignidades o autoridades docentes, salvo que se trate de una edición 2.0 de educación para la villanía o formación del espíritu irracional tuitero. Porque es que se nota mogollón. Sí, señorías, se nota mazo que fueron las justas, pero no las suficientes ni las necesarias. Y no consuela el que por cátedras y otras cavernas de humanismos o intelectualidades resuene el mismo cantar.