martes, 22 de noviembre de 2016

Para que te pongas en mi piel












Uso utópico

Con tal de que la piel tome partido
por la verdad que envuelve, por el gozo
de ser nuestra frontera con el mundo,
el celofán vibrante del regalo
-inapreciable a tientas- que es la vida;
hoy, como de tu mano y doy las gracias
por esta sumisión que me alimenta
y por el albedrío de estremecerme.

También, para que vos me tactes, antes
de que el tiempo me dé mi merecido,
coloreo mis tatuajes invisibles,
saco a orear mi chirlo más profundo.

Y, por si acaso no te has dado cuenta
del manjar que es tu mano, la devoro,
pero no más que así: de simulacro.

Y, para que te pongas en mi piel,
para que no me vengas con ungüentos,
lamo la tuya.

   Y el amor me sabe
a escamas abismándose muy alto,
a plumas que regresan de muy nunca.

                              ("Vos mediante". 2006)


lunes, 7 de noviembre de 2016

Un poema de Miguel Sánchez Robles



Ternura

A veces se produce la infinita ternura,
la alegría de vivir muchas veces mucho,
entonces te enamoras de la belleza de los embalses
y de los manicomios abandonados.
Entonces vas por ahí como un caballo galopa
o un colibrí liba
y te gusta muchísimo estar en el presente
y pensar que el presente
no es otra cosa más que el futuro
que no han podido conocer los que ya están muertos
y ves todas las cosas, miras todas las cosas,
con los ojos de aquellos que ya no pueden verlas.

¡Ternura!
Eso es la ternura,
la infinita ternura,
mirar así las cosas:
con los ojos de aquellos que ya no pueden verlas.


(Miguel Sánchez Robles. "Eternidad de los momentos". León. 2011)

martes, 1 de noviembre de 2016

Como piedra en un pozo


















Como piedra en un pozo,
así mi corazón, ¡con sólo el cielo bajo él y sobre él!

                                             Juan Ramón Jiménez



"Retirado en la paz de estos desiertos"
el poeta se duele de sí mismo

Todo parece gloria estupefacta,
verbo sin luz, discurso balbucido.
No hay voz que no descienda a sus orígenes
ni porvenir que sobreviva al ripio
de los días de destierro y decadencia,
de las horas iguales del hastío.

Soy
como piedra en un pozo, piedra sola
que toca fondo en su abismal delirio.

Cuando intento soñar un horizonte,
adonde llego es ya de donde me he ido.
Mis torpes pies no alzan en las sendas
el inefable polvo de los mitos
ni resuenan siquiera en pedregales
ni huella alguna marcan en los limos.

Soy
como piedra en un pozo, piedra ahogada
en la árida clepsidra del olvido.

El tiempo pasa. ¿O mata? No sé el verbo
que más conviene a este genocidio
de instantes, sueños, versos que alcanzaron
la dignidad allende su espejismo.
Lo que se apaga es luz. Muere quien pierde
sus sombras, sus recuerdos, sus amigos.

Soy
como piedra en un pozo, piedra ronca
de gritarle al silencio sumergido.

De la desesperanza y sus espuelas
dan razón mis ijares malheridos.
Terco caballo de cartón, aguardo,
en el coso profundo del sigilo,
una última caricia que me embride
y me arranque, al galope, algún relincho.

Soy
como piedra en un pozo, piedra inmóvil
donde la noche inmola sus vestigios.

Hoy me parece la elegía un puñado
de humo y compasión y sinsentido,
zarza o abrojo que se abraza al alma
y al corazón, sin conseguir herirlos.
Todo el pesar que cabe ya está dentro.
Y es dolor que rebosa de sí mismo.                              

Pues soy
como piedra en un pozo, piedra amarga
que rezuma las hieles de su sino.

Todo se ha vuelto, de repente, extraño
en esta letanía de lo íntimo:
las palabras son piedras y son pozos
cuando golpean mi ser para decirlo;
y caen a sí mismas, execradas,
desde un brocal donde no tienen sitio.

Como piedra en un pozo, siento arriba
y abajo:
                        cielo,
                                    silencio,
                                                    espíritu ...


                                                (Orden Literaria "Francisco de Quevedo". 
                                                Villanueva de los Infantes. 2016)